¿Tu pareja es igual que tu padre? Cómo el progenitor forma el carácter de la hija. Colaboración de Silvia Álava con el Diario El Confidencial

201307057padre_hija_adulta_intCada vez son más las mujeres que se sorprenden a sí mismas pidiendo permiso a su novio para salir con las amigas o justificando cualquier tipo de conducta de la pareja elegida, por muy inadecuada que ésta sea. Perdonárselo todo, dejar que él controle el dinero o sobresaltarse si aparece de improvisto son algunas de las conductas de estas mujeres, que terminan convirtiéndose en lo que creen que su novio espera de ellas. Algunos de estos comportamientos los refleja la humorista y dibujante argentina Maitena en una tira cómica titulada: “Seis claves irrefutables de que al hombre que tenés al lado lo pusiste en el lugar de tu papá”. Bromas aparte, el asunto ha suscitado el interés de muchos psicólogos, que hallan en el concepto freudiano de la atracción hacia el progenitor del sexo opuesto el punto de partida de un tema mucho más complejo.

Debemos obviar la simplificación que ha implicado la divulgación de las teorías psicoanalistas y no entender esa atracción como sexual en un sentido literal u obsceno. Como afirma la psicóloga Jennifer Kromberg, no hablamos de atracción “en un sentido turbio o inapropiado”. Son varias las preguntas que se plantean en torno a este tema. ¿Influye el padre en las relaciones sentimentales de las hijas? ¿Hasta qué punto es un referente en la elección de la pareja? ¿Es esta influencia sana y normal?

Padres e hijas

Esteban Cañamares, psicólogo clínico, sexólogo y profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid, alega sin dudar que la figura del padre influye siempre en las relaciones sentimentales de las hijas. Si lo pensamos unos instantes, no es de extrañar, dado que el padre es el primer hombre en la vida de una niña y, además, el componente masculino de la relación que para la pequeña será la principal y primera referencia: la de sus padres.

 

“El padre es el primer hombre en la vida de una niña”

 

 Silvia Álava, psicóloga especializada en la infancia, recalca que, si bien el padre siempre es influyente, no es determinante: no debemos obsesionarnos con encontrar copias o contrarios del progenitor en la pareja buscada. Aún así, cómo se porte el padre con su hija y cómo trate a su madre serán hechos que tendrán efectos en el autoestima, la elección de un novio o los comportamientos sociales de la niña.

Cuando la relación es buena

A menudo padre e hija se llevan bien, comparten tiempo de ocio y establecen entre ambos una relación sana. A este respecto es interesante observar cómo ha cambiado la relación padre-hija a lo largo de los años. No hace tanto tiempo el padre era una figura autoritaria, no demasiado receptiva a hablar de sentimientos o a jugar alegremente con los niños. Era, en definitiva, el hombre de la casa; de él dependía normalmente todo el sustento económico y, por lo tanto, no pasaba tanto tiempo en la residencia familiar. Hoy en día las cosas están cambiando. Es frecuente que ambos progenitores trabajen y que el tiempo que pasan con la prole esté repartido de manera más equilibrada. Además, recientemente se han situado en el punto de mira los beneficios de la educación que ofrecen los padres, más allá de la innegable necesidad del cariño materno.

Cuando la relación del padre con su hija y con la madre de ésta es buena, lo habitual es una tendencia a copiar o repetir el modelo paterno. Kromberg añade que, aunque no sea de manera intencionada, nuestros padres “nos enseñan cómo expresar y recibir amor, cómo manejar las discusiones, cómo procesar los sentimientos, etc”. De este modo, no es raro que, en general, los progenitores influyan en el manejo de las relaciones sociales de los hijos y, en particular, que el padre sea un punto de referencia en la interacción de sus hijas con el género masculino. 

 

“Es tan importante la relación del padre con su hija como la que tenga con su madre”

 

Sin embargo, no debemos confundir una relación buena con un exceso de atención en la hija por parte del padre. Cañamares advierte que con frecuencia la niña requiere el protagonismo del hogar, y es un error del padre otorgárselo. Ella debe sentirse, evidentemente, importante, querida y protegida por su padre, pero no hay que perder de vista un punto fundamental: es la hija, nada más. Y nada menos, por supuesto.

En esta línea es interesante la observación de Silvia Álava, quien opina que, dado que los niños copian los modelos que ven en casa, es tan importante la relación del padre con su hija como la que tenga con su mujer. Los roles de la relación matrimonial, el trato del padre a la madre y la importancia que le dé a ésta serán también hechos influyentes en la formación sentimental de la niña. Por otro lado, un exceso de protección, de atención y de alabanza del padre provoca con frecuencia numerosos problemas de gravedad en las niñas, como anorexias nerviosas o, como es de esperar, problemas de pareja.

Tampoco hay que entender como buena la idealización del padre por parte de su hija. Ésta se produce a menudo y da lugar a frustraciones varias a la hora de relacionarse con otros hombres.

Cuando la relación es mala

La relación de una niña con su padre puede ser perjudicial por diversos motivos. El progenitor puede resultar violento, agresivo, hermético… La niña sentirá la falta de cariño o la hostilidad, y todo ello repercutirá en su modo de relacionarse y en su concepción de sí misma.

No resulta difícil adivinar que, cuando la relación con el padre ha sido mala, se buscan modelos contrarios. No olvidemos, sin embargo, que “una elección hacia lo contrario sigue siendo una elección basada en papá”, como afirma Jennifer Kromberg, que le da indirectamente la razón a Esteban Cañamares: en un sentido u otro, la figura del padre es siempre influyente en las relaciones de sus hijas. 

 

“Es posible que la niña interprete ciertas actitudes negativas como normales”

 

En estos casos también hay riesgos. Cuando se huye de un padre verdaderamente malo no es extraño caer en extremos igualmente negativos. Un padre ausente nos puede conducir a un novio excesivamente posesivo y controlador, o un padre impositivo puede derivar en un novio demasiado complaciente y carente de iniciativa. Pero no es ésta la única reacción ante una conducta paterna negativa. Silvia Álava sugiere que también es posible que la niña asuma ciertas actitudes perjudiciales como normales, y que su pareja tenga problemas similares a los que padecía su padre.

El deseable punto medio

Obviando los casos más extremos y radicales, lo ansiado es que el trato entre padre e hija sea sano. En una relación buena el padre es un referente masculino a tener en cuenta, con más o menos peso, pero en ningún caso idealizado o detestado. Por supuesto, el carácter de ambos, la situación familiar, el número de hermanos y otra serie de factores forman parte también de la configuración de esta relación, pero es necesario generalizar para llegar a ciertas conclusiones.

Cuando la comunicación es equilibrada el padre sigue siendo un factor de influencia, pero las consecuencias no son tan extremas. La hija buscará en su posible novio características que le atraigan de su padre e intentará evitar las que no le gusten, siempre de manera inconsciente, gracias al entramado de variables que operan en nuestra psicología.

 

“¿Quién no odia a ratos a quien quiere siempre?”

 

Nos hallaríamos entonces ante una visión del padre más compleja y, sin embargo, también muy natural, que desemboca en una compensada relación de amor-odio (muy frecuente, por cierto, en las relaciones de pareja).

Así, se admira al padre y se enrabieta una con él a partes iguales (¿quién no odia a ratos a quien quiere siempre?). Lo explicaba muy bien Tristram Shandy, esa especie de Quijote inglés creado por Lawrence Sterne: “La hipótesis resulta –como casi todas las de mi padre– singular y, al propio tiempo, ingeniosa, y yo no tengo contra ella objeción alguna, salvo que echa abajo la mía”.

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